ALFREDO // José Carlos y Rosa con los flamencos

Los flamencos son unos de los animales más interesantes y bonitos que hay. Llama la atención la longitud de sus piernas y su exótico color. Habitan en llanuras, lagos, lagunas y son animales muy sociales, que se desarrollan en interacción con los demás.

Las principales colonias de cría en España están en la Reserva Natural de la Laguna de Fuente de Piedra (Málaga) y en el Parque Natural de Doñana. Aquí en Galicia no es tan frecuente verlos, pero José Carlos Fernández y Rosa Liria Lorenzo, un matrimonio amante de las aves, ha decido criar desde hace un año flamencos en su casa de O Rosal, “para colaborar en un proyecto de cría y conservación de la especie que Alejandro, un amigo que tenemos en Jerez, está llevando a cabo, y que consiste en tener un reservorio en cautividad en caso de que la especie llegue a estar en peligro de extinción y, así, poder recuperarla e introducirla en el medio”, señala José Carlos.

Su pasión por las aves le viene de niño. Empezó con canarios y ahora tiene más de 200 pájaros entre loros, grullas, perdices, gangas, avutardas, palomas, tortugas, gallinas, perros y ahora, once flamencos que trajeron de Jerez, seis el año pasado y cinco este. “Comen un pienso especial para flamencos y se han adaptado perfectamente al entorno. Le ponemos por la mañana su ración de pienso mojado y seco. Primero comen el mojado, que es el que más les gusta, y luego se comen el seco a lo largo del día”, indica este vecino de O Rosal, socio desde hace muchos años de Aviornis Internacional Ibérica (Asociación Internacional de Criadores de Aves Silvestres).

Todos los animales están muy bien cuidados, están documentados, con su anilla y microchip. Reconocen que es muy caro mantener a tantos pájaros porque cada animal tiene su propia comida, pero no les importa, ya que saben que con su labor están ayudando a mantener las especies. “Nosotros mismo nos encargamos de extinguirlos, porque deforestamos su hábitat con la tala de árboles y le sacamos su alimentación, por eso los criamos en cautividad, para garantizar la especie”, apunta el rosaleiro.

Les dan de comer una vez al día. “Cuando nos miran llegar, se revoluciona el “gallinero”. Hay uno que golpea el comedero para que le eche de comer”, comenta Rosa. Para ella, criar a tantas aves es “una satisfacción, una alegría, una tranquilidad. Llego aquí y desconecto. Le doy mimos y hablo con ellos”, explica emocionada.