ALFREDO // Andrés Barcala en su estudio de Oia

En Oia vive Andrés Barcala, de 52 años, un radioaficionado que empezó en este mundo con apenas 15 o 16 años, cuando la curiosidad por las ondas y las comunicaciones a larga distancia marcaba el pulso de su adolescencia. Natural de Pontevedra, su historia personal está íntimamente ligada a una afición que nunca abandonó del todo, aunque la vida lo obligó a dejarla en suspenso durante más de dos décadas.

Comerciante de profesión y trabajador en el sector del telemarketing desde hace más de veinte años, Barcala ha compaginado su vida laboral con una formación diversa que incluye electrónica, informática y fotografía, una pasión esta última que también ejerció profesionalmente durante un tiempo. Sin embargo, su verdadera constante ha sido siempre la radioafición.

Su entrada en el mundo de la radio se produjo en la juventud, cuando un amigo le introdujo en un universo sin móviles, sin internet y donde la comunicación dependía de emisoras y antenas.

En aquella época, finales de los años 80, la radio permitía conversaciones locales de 15 o 20 kilómetros, pero también abría la puerta a contactos internacionales cuando la propagación ionosférica lo permitía. “Podías hablar con cualquier parte del mundo”, recuerda.

Durante años, Barcala formó parte de una comunidad muy activa en Pontevedra, donde llegaron a existir varias agrupaciones con decenas de aficionados. Pero la evolución de su vida personal le llevó a mudarse a viviendas donde no podía instalar antenas, lo que supuso el abandono forzado de la actividad. En un piso es muy complicado. Entre permisos, vecinos y limitaciones técnicas, acabas dejando los equipos guardados”, explica.

El punto de inflexión llegó con el gran apagón eléctrico de abril del año pasado. En ese momento, muchos de sus antiguos equipos volvieron a tener sentido. Sin electricidad, sin internet y con las comunicaciones convencionales caídas, la radio volvió a convertirse en una herramienta funcional. “Los talkies fueron la única forma de saber qué pasaba. Vivía en Baiona, subí al trastero, cogí la emisora, la conecté al mechero del coche y subí a la Groba para poder hablar. Ese día me encontré a un montón de personas conectadas, de gente que hablaba antes con ella en Pontevedra”, comenta.

A partir de ese episodio, Barcala recuperó el contacto con viejos conocidos y reactivó su actividad radioaficionada. El regreso no fue solo personal. Según relata, muchas personas que habían abandonado la afición la retomaron tras la emergencia del apagón, generando un repunte notable de actividad en agrupaciones de radio.

Su actual residencia en Oia le ha permitido algo que llevaba años esperando, volver a instalar una antena fija. Tras consultar con la propiedad, pudo realizar las instalaciones necesarias para retomar la actividad en condiciones óptimas. “Ahora puedo montar antena y eso lo cambia todo”, afirma.

Desde su nueva ubicación, Barcala participa en una agrupación radioaficionada en crecimiento, con miles de miembros y actividad internacional. La tecnología ha cambiado, pero la esencia sigue siendo la misma, «escuchar, contactar y compartir».

El mundo de la radioafición ha evolucionado, pero conserva sus códigos. El uso del alfabeto fonético internacional, los indicativos oficiales y las normas de comunicación siguen siendo esenciales para establecer contacto con operadores de todo el mundo.

Barcala explica que la mayoría de comunicaciones se realizan en inglés o mediante códigos estandarizados, lo que permite superar barreras idiomáticas. Hoy, su afición convive con su vida profesional y familiar, ocupando el tiempo que puede, “todas las horas que el trabajo me deja”.

Aunque reconoce que la radioafición no volverá a ser tan masiva como en el pasado, Barcala cree que nunca desaparecerá. La facilidad del móvil y de internet ha cambiado los hábitos, pero no ha eliminado la pasión de quienes siguen encontrando en las ondas un espacio único de comunicación. “Si te gusta, te engancha. Y eso no lo sustituye un teléfono”, resume.

Desde Oia, con una antena recién instalada y el mundo al otro lado del espectro, Andrés Barcala ha vuelto a escuchar aquello que nunca dejó de buscar, voces lejanas convertidas en conversación.