En Amorín, Tomiño, hay una casa que no pasa desapercibida. No es por su tamaño ni por una construcción especialmente llamativa, sino por el auténtico manto de flores y plantas que rodea cada rincón de la vivienda. Balcón, escaleras, entrada, jardín y huerta están ocupados por macetas y ejemplares de numerosas especies que su propietaria, Isaura Domínguez Melo, cuida con mimo desde hace muchos años.
A sus 81 años, Isaura ha convertido su afición por las plantas en una de las señas de identidad de su casa. Son tantas y están tan cuidadas que el conjunto recuerda, salvando las distancias, a los famosos patios de Córdoba. Una imagen que tampoco pasa desapercibida para quienes recorren el camino frente a su vivienda.
“A min sempre me gustaron as prantas. Eu xa as tiña na casa do meu pai. Xa me gustaban de rapariga”, explica Isaura. Una afición que, lejos de desaparecer con el paso del tiempo, ha ido creciendo hasta llenar prácticamente todos los espacios exteriores de su hogar.
Isaura reconoce que no sabe exactamente cuántas plantas tiene, aunque calcula que son decenas y decenas, repartidas por toda la propiedad. “Non sei, cerca de 100, non sei”, responde cuando se le pregunta por la cantidad.
Las macetas aparecen alrededor del balcón y de la casa, pero también en la huerta. Algunas están directamente plantadas en el suelo y otras crecen en recipientes de diferentes tamaños. Entre su colección hay begonias, alegrías, petunias, cactus y rosas, además de muchas otras variedades que va incorporando cuando encuentra alguna que le gusta.
Buena parte de esas nuevas plantas llegan de sus visitas a Portugal. Cuando acude a las ferias de Cerveira o Valença, Isaura no suele regresar con las manos vacías. Si encuentra una planta que le gusta, ya empieza a pensar dónde podrá colocarla en casa. “Como mire unha que me guste, xa a compro e penso onde a vou a colocar”, explica.
Mantener semejante colección requiere trabajo. Isaura riega, limpia, abona y cambia las plantas cuando alguna termina muriendo. En verano, la tarea se intensifica y la manguera se convierte en una herramienta imprescindible. “No verán as rego todos os días”, señala, aunque también adapta la frecuencia a las condiciones meteorológicas. Algunas veces riega por la mañana y otras por la noche.
También utiliza abono y añade tierra cuando es necesario, y cuando una planta deja de estar en buenas condiciones, no duda en sustituirla por otra. Porque, como reconoce con naturalidad, «as prantas tamén morren porque veñen dos invernadoiros, pero bueno, eu tamén teño que morrer, e ás veces tamén hai que ir ao médico”, bromea.
El resultado de tantos años de dedicación es visible desde el exterior. Quienes pasan por delante de la vivienda no son pocos los que se quedan mirando la cantidad de flores y plantas. Isaura cuenta que algunas personas incluso le piden permiso para fotografiar la casa. “Hai xente que pasa polo camiño e me di, ‘podo sacarlle unha foto á súa casa? Está tan bonita”, relata.
Para ella, sin embargo, todo parece mucho más sencillo. Cuando se le pregunta qué hace para conseguir que las plantas estén así, responde con naturalidad: “Non fago nada, límpolle a herba, régoas, doulle de comer de vez en cando, é decir, abónoas. E o que lle fago”, comenta.
La relación de Isaura con las plantas comenzó mucho antes de llenar su actual vivienda de macetas. Ya de niña disfrutaba cuidándolas en la casa familiar y, con los años, aquella afición se convirtió en una parte importante de su vida cotidiana.
Isaura fue ama de casa y también trabajó durante varios años en tareas de limpieza. Tras casarse, ella y su marido se trasladaron durante un tiempo a Francia, donde permanecieron unos siete u ocho años trabajando. Sus hijos se quedaron inicialmente al cuidado de los abuelos y de una cuñada, hasta que pudieron volver a reunirse con ellos.
Hoy, viuda desde hace más de 25 años, Isaura vive en su casa de Amorín rodeada de sus plantas. Tiene dos hijos, tres nietas y un nieto, y buena parte de su tiempo lo dedica a mantener ese pequeño universo vegetal que ha ido construyendo poco a poco.
No cuenta las plantas por variedades ni parece obsesionarse con el número exacto de macetas. Simplemente las compra cuando encuentra alguna que le gusta, busca un lugar donde colocarla y continúa cuidándolas.
Así, casi sin pretenderlo, Isaura ha convertido su casa de Amorín en un rincón lleno de color que llama la atención de quienes pasan por delante. Un pequeño jardín particular que, gracias a su dedicación durante décadas, se ha convertido también en una estampa que muchos quieren llevarse en una fotografía.

