El otoño trae castañas y magostos a los municipios gallegos y a O Rosal una de las celebraciones con mayor solera de la villa, el San Martiño. Una romería que se remonta cuando menos a principios del siglo XVIII, fecha en la que se construye la capilla según rebelan sus muros y acabados.
Una tradición que no perdona su cita anual, que se celebra siempre el primer domingo que luce el sol tras el 11 de noviembre. “Dá igual cando sexa, pero os veciños e veciñas sacan a figura e desfrutan da romaría. Algún ano de moi mal tempo incluso tense celebrado no mes de xaneiro”, explica la alcaldesa, Ánxela Fernández Callís.
Este año, después de casi cuatro semanas de larga espera, este mismo domingo los devotos de San Martiño volvieron a ver salir al conocido como sanador de las verrugas, a lo que desde tiempos inmemorables el vecindario le llevaba todo tipo de productos de alimentación y tejas con las que reponer el tejado de la capilla.
Tradicionalmente se subasta en el San Martiño. Cada año, antes de la salida de la romería y la mitad de trayecto, se subastan por los cuatro bandos que tiene el San Martiño para elegir a las cuatro personas encargadas de llevar al santo en el recorrido hasta la capilla.
Además, como manda la tradición, el vecindario dona productos que se subastan tras la Misa, una costumbre que se remonta a muchos años atrás y que incluso hacía que durante una época los cazadores en el mismo día de la romería ofrecían sus capturas a San Martiño para la subasta.
Una procesión desde la Iglesia ubicada en la Praza do Calvario hasta la capilla del Santo que discurre por espectaculares tramos de los molinos de O Folón y O Picón animada por música, tradición y devoción a partes iguales.
Como cuenta la gente con más memoria de O Rosal, hasta el año 1920 eran los curas de O Rosal que vivían en la zona de la Cumieira los que se encargaban de que cada 11 de noviembre de organizar la romería y subir el santo en procesión hasta la capilla. Ya en la década de los 20 del siglo pasado, la llave pasaría a manos de la familia de la Torre, a Serafín Martínez Álvarez, que se encargaba de servir a San Martiño con tal de librarse de ir a cumplir el servicio militar.
Cada año su cargo era tener limpia la capilla y mantenerla en buen estado, así como de organizar cada año la romería, un encargo que desde entonces fue pasando de generación en generación.

