Un flamenco se dejó ver en el estuario del río Miño, en esta ocasión en la zona de la desembocadura del Tamuxe, en O Rosal, donde el ejemplar fue observado mientras descansaba durante unas horas antes de reanudar su viaje.
Así lo relata en sus redes Manu Sobrino, conocido como “El Naturalista Cojo”, quien recuerda que no es el primer flamenco que visita esta temporada el estuario del Miño, aunque sí se trata del primero que ha podido ser observado posándose y reposando en sus aguas durante un tiempo antes de continuar su desplazamiento.
El avistamiento se produjo el pasado sábado y se suma a otros registros recientes. El 29 de julio, un grupo de más de 20 ejemplares fue fotografiado sobrevolando las Islas Morraceiras a la altura de As Eiras, mientras que el 18 de agosto otro flamenco, en este caso solitario, fue localizado en la Xunqueira de Salcidos.
Aunque la presencia de flamencos en el estuario del Miño es un fenómeno cada vez más habitual, la aparición de una de estas grandes y llamativas aves continúa siendo un acontecimiento extraordinario y poco común.
Según explica Sobrino, los ejemplares que llegan hasta estas latitudes suelen ser aves jóvenes que se encuentran en proceso de dispersión después de la época de cría. Los meses de agosto y septiembre son especialmente habituales para registrar la presencia de estos ejemplares inmaduros, que emprenden desplazamientos en ocasiones erráticos durante sus primeros vuelos.
Precisamente, hace diez años, también en septiembre, se documentaba la presencia del que hasta entonces era el primer flamenco registrado en el estuario del Miño. Aquel ejemplar había sido marcado con una anilla de seguimiento científico el 13 de agosto de 2016 en el Paraje Natural Marismas del Odiel, en la provincia de Huelva.
Estos movimientos juveniles, indica Sobrino, pueden llevar a los flamencos a lugares muy alejados de sus áreas habituales de distribución. Con el paso del tiempo y la adquisición de experiencia, lo más probable es que estos ejemplares terminen orientándose hacia zonas más apropiadas para establecerse, entre ellas las grandes colonias del sur de España, Francia o Portugal.
Por el momento, «nada se sabe ya del paradero de nuestro amigo, probablemente a merced de los vientos y los avatares meteorológicos, pero nos deja esta bonita imagen como único testimonio de su breve estancia en la raya galego-portuguesa», finaliza «El Naturalista Cojo».
