ALFREDO // Andrea Sanromán detrás del mostrador de la panadería familiar

Con el corazón lleno de sentimientos encontrados, la panadería La Flor de Nigrán cerrará sus puertas el próximo jueves 31 de agosto después 35 años de servicio ininterrumpido. Atrás quedan sueños, esperanzas, amigos, clientes, anécdotas, risas, lágrimas y miles de horas de trabajo en un negocio familiar que abrió sus puertas en 1988 en Camos.

Por este emblemático establecimiento pasaron generaciones de clientes que de lunes a domingo degustaban el pan, las empanadas, empanadillas, tartas o pasteles que Andrea Sanromán preparaba todos los días. Comenzó a los 16 años a trabajar en la panadería y a los 24 tomó las riendas del negoció tras el fallecimiento de su padre con tan sólo 55 años.

“Era una mujer en un mundo de hombres, porque la panadería era un mundo de hombres y siempre salí adelante. Trabajé noches y días sin descanso. Me levantaba a las tres y media de la mañana, entraba a trabajar a las cuatro y salía a las dos de la tarde”, recuerda la empresaria de 43 años.

Fueron muchos días sin vacaciones, sin descanso, sin poder disfrutar de los suyos. Andrea luchó durante muchos años para sacar un negocio adelante “muy sacrificado. Cuando todo el mundo está durmiendo, en la playa o en navidades con sus familias, yo estoy trabajando”, comenta.

Un trabajo que poco a poco va haciendo mella y llega un momento en que el agotamiento hace aparición. “Fue un cúmulo de circunstancias. El personal cada vez es peor. Marcha uno y viene otro. En el mes de mayo decidí dejar el reparto. Eran tres furgonetas y cuatro empleados. Pensé que me iba a reducir los gastos y bajar el trabajo para estar mejor, pero no fue así, sigo teniendo mucho trabajo y estrés. Me empecé a encontrar agobiadísima, con mucha tensión. Una presión en el pecho. Llorando por todos lados. No aguanté más y decidí cerrar», reconoce la empresaria.

Asegura que estaba viviendo para el negocio. La subida de la luz, del gasoil o de la materia prima contribuyeron en su decisión de bajar la persiana. «Me perdí la juventud y la infancia de mi hijo. Estaba muy atada.Yo hacía de todo. Era jefa, empleada, cubría vacaciones, hacía las gestiones de empresaria. Tenía 14 empleados y 1.200 clientes por todo el Val Miñor, pero a pesar de tanto trabajo, las ganancias no se reflejaban a fin de mes. Estaba trabajando para gastos», afirma.

Desde que puso el cartel de que cerraba no dejó de recibir llamadas y mensajes. «La gente llega aquí y se frustra. Hoy vino una mujer, vio el cartel y se fue toda disgusta. Otra se echó a llorar conmigo por que me va a echar de menos. A pesar de todo, estoy muy contenta porque algo tuve que hacer bien todos estos años», apunta emocionada Andrea al lado de su madre Luisa de 67 años, quien apoya su decisión.

«Lo primero que voy a hacer es descansar. Necesito desconectar. Asentar la cabeza y después ya miraré lo que hago», comenta. Quiere dar las gracias a los clientes por todos estos años, por eso, el próximo jueves va a hacer una fiesta de despedida a las 18:00 horas. «Estoy súper agradecida por tener la clientela que tuve. Los atendí lo mejor que pude. Me encontré con gente maravillosa, con clientes muy fieles. Gracias a todos», finaliza.