ALFREDO // Chari y Francisco con el Buda en su casa de Oia

El Camino Portugués de la Costa está en auge. Son cientos los peregrinos llegados de todos los rincones del mundo los que cada día recorren esta Ruta Jacobea que sorprende por sus espectaculares vistas sobre el Océano Atlántico.

Pero ahora, además del paisaje, miradores, iglesias, cruceiros y demás patrimonio que rodea el Camino de Santiago por la Costa, se le ha sumado un atractivo más que sorprende a propios y a extraños. Un enorme Buda que descansa en la finca de una familia de Oia, da la bienvenida a los peregrinos que inician su entrada en la localidad antes de llegar al famoso monasterio cisterciense del siglo XII.

La estatua se ha convertido en uno de los puntos más fotografiados por los peregrinos y turistas en este tramo del Camino. “Todos los días le sacan fotos, a él y a la casa. Un día nos encontramos a tres peregrinos japoneses haciendo una reverencia con una sonrisa de oreja a oreja”, explica Francisco Molina. Es el propietario, junto a su mujer Chari Borrego, de la finca donde descansa la impresionante efigie que no pasa desapercibida para cuantos pasan por delante de la vivienda sita al lado de la capilla de San Sebastián.

El famoso Buda de Oia hizo su propio peregrinaje. Fue el hijo de la pareja el que lo encargó hace catorce años en el Ifema de Madrid a una empresa que se dedica a importar objetos de la India. Estaba en el jardín de la casa que el joven tiene en la capital, de donde son nativos, hasta que vendió el chalet y lo trajo hace dos años y medio en un camión para Galicia. Fue necesaria una grúa y seis personas para descargar la enorme estatua de fibra de vidrio, de unos cien kilos y casi dos metros de envergadura. “El salitre afecta mucho a la pintura, por lo que hemos tenido que pintarla con una pintura especial que no se estropea con la sal, y, mantener así, el brillante dorado que tiene”, explica Francisco.

Este matrimonio, cuya carrera profesional ha tenido mucho que ver con la decoración, al igual que la de su hijo ahora, comparte su admiración por los adornos orientales. De hecho, dos guerreros de Terracota de poco más de un metro de altura, escoltan la entrada principal de la residencia que compraron acabada por fuera y que ellos la remataron por dentro a su gusto. Poco a poco fueron incorporando terrenos hasta crear un jardín de 20.000 m2 con una enorme pecera en su interior. “Es de mi hijo Javier, amante de los animales, al igual que su pareja Ana. Siempre que pueden se escapan y esperan en un par de años venirse a vivir a Oia”, afirma el cabeza de familia.

Francisco y Chari pasan su jubilación en Oia. “Venimos siempre de vacaciones a Galicia, pero nos enamoramos de esta zona. Tiene un microclima y una zona ideal, con unas vistas preciosas y espectaculares. Tras 45 años trabajando en Madrid, con negocios y autónomo, esto no tiene precio. Es como de la noche al día, aquello agota y aquí hay una paz inigualable. Hemos pasado aquí el confinamiento y no nos hemos enteramos”, asegura Francisco, quien a pesar de no ser religioso, tiene las llaves de la capilla de San Sebastián, “por la mañana la abro para los peregrinos y, por la noche, la cierro”.