Diogo y su madre Amelia

A veces las historias más conmovedoras no aparecen en los grandes titulares ni ocupan portadas de los periódicos. Son relatos cotidianos, construidos a base de pequeños gestos repetidos durante años, de llamadas telefónicas, de miradas atentas y de una ayuda que se ofrece sin esperar reconocimiento.

Es la historia de Cidalia Amelia da Costa, una vecina de A Guarda de 69 años, viuda y madre de Diogo Marcelo da Costa, un hombre de 38 años con un 96% de discapacidad, que ha querido hacer público su agradecimiento a la Guardia Civil de la localidad por más de veinte años de apoyo incondicional.

Amelia nació en Lisboa, al igual que su marido. La familia desarrolló durante años su vida en Lisboa y en Setúbal, donde gestionaban varias empresas de construcción. Sin embargo, el trabajo los llevó a Galicia. Primero a Vigo y posteriormente a A Guarda, donde acabaron estableciéndose definitivamente. La muerte de su esposo hace 21 años y las circunstancias familiares hicieron que decidieran quedarse en el municipio guardés.

Pero existe una razón aún más importante. «Diogo no podría vivir con libertad en una gran ciudad como Lisboa, puede coger un coche y desaparecer. Aquí como es un pueblo más pequeño puede hacer una vida casi normal», explica su madre.

Una lucha desde el nacimiento

La historia de Diogo comenzó con un diagnóstico devastador. Nació con un tumor en la zona del cerebro encargada de controlar los movimientos. Los médicos llegaron a pronosticar que nunca hablaría, nunca caminaría y que tendría que alimentarse mediante una sonda gástrica.

Sin embargo, la familia nunca se rindió. Operaciones en Londres y Boston, tratamientos de quimioterapia y años de rehabilitación marcaron una lucha constante en la que Amelia decidió aparcar su carrera profesional para dedicarse plenamente a su hijo.

Cada pequeño avance fue una victoria. Primero sentarse. Después ponerse de pie. Aprender a comer. Aprender a tragar. Superar obstáculos que parecían imposibles. Hoy, a pesar de su elevado grado de discapacidad, Diogo mantiene una rutina diaria que le permite disfrutar de cierta autonomía. Sale a pasear por las calles de A Guarda, habla con vecinos, saluda a los trabajadores municipales, comparte tiempo con personas mayores y recorre cada día los rincones de una localidad que ya forma parte de su vida.

La tranquilidad de una madre

Sin embargo, la independencia de Diogo también implica riesgos. Le apasionan los coches, las motos y los ordenadores. Cuando algo llama su atención, puede perder la noción del entorno o desplazarse sin avisar. En ocasiones desaparece durante horas, generando una enorme preocupación en su madre. Es ahí donde entra en escena la Guardia Civil.

Durante más de dos décadas, los agentes del puesto de A Guarda han conocido de cerca la situación de Diogo y han permanecido atentos a sus movimientos cuando lo encuentran en lugares poco habituales o potencialmente peligrosos. Si lo ven desorientado o en una zona que pueda representar un riesgo, llaman inmediatamente a Amelia para informarle de dónde se encuentra.

Ese gesto, aparentemente sencillo, se ha convertido en una red de seguridad imprescindible para esta familia. «Cuando Diogo sale de casa, yo lo llamo varias veces para saber dónde está. Pero si ocurre algo, sé que la Guardia Civil me avisará enseguida», relata Amelia.

Más que vigilancia, cercanía humana

Para esta madre guardesa, el apoyo recibido va mucho más allá de una simple actuación profesional. «Son personas que siempre están listas para dar la mano a Diogo», asegura emocionada. Recuerda cómo comenzaron a conocer a su hijo cuando, años atrás, ella acudía desesperada a los agentes porque Diogo desaparecía durante horas y no conseguía localizarlo. Desde entonces, la relación se ha mantenido en el tiempo.

Los guardias civiles conocen perfectamente la condición de Diogo, entienden sus necesidades y saben que, aunque físicamente pueda parecer una persona sin limitaciones importantes, su discapacidad condiciona profundamente su vida diaria. «Aparentemente parece una persona normal, pero no lo es. Tiene muchas dificultades que la gente no siempre ve», explica su madre.

Un reconocimiento público

Tras 22 años viviendo en A Guarda, Amelia considera que ha llegado el momento de agradecer públicamente una labor que, según afirma, rara vez recibe visibilidad. «Quiero dar las gracias a los agentes de la Guardia Civil de A Guarda. Gracias por todo lo que han hecho por mi hijo durante más de veinte años y por todo lo que hacen por la comunidad», señala.

Sus palabras reflejan el alivio que siente al saber que no está sola. Viuda desde hace más de dos décadas y principal cuidadora de Diogo, reconoce que la tranquilidad que le proporciona la presencia de los agentes no tiene precio. «Cuando ayudan a mi hijo, también me están ayudando a mí», afirma.

En una sociedad donde a menudo se destacan los grandes acontecimientos, la historia de Amelia y Diogo recuerda el valor de los gestos cotidianos y de quienes, desde la discreción, contribuyen a mejorar la vida de los demás.

Para esta madre, la Guardia Civil de A Guarda no solo ha sido una institución de seguridad. Ha sido, durante más de veinte años, una mano tendida, una llamada tranquilizadora y una garantía de que Diogo nunca camina completamente solo por las calles de su pueblo.